Testimonio
2013-02-02

En este AÑO de la FE que conmemora los 50 años del Concilio Vaticano II, hablar de lo que motiva mi vida misionera, es a la vez recordar  lo que me condujo a partir para las misiones lejanas y lo que influyó o cambió mi manera de anunciar a Jesucristo.

Yéndome a Honduras en 1968, al finalizarse el Concilio, como buena misionera, yo quería hablar de Jesucristo a un pueblo necesitado de profundizar lauretteb2.jpgsu fe aun siendo cristiano, es decir bautizado.


Tenía el deseo de entregarme y compartir mis conocimientos religiosos. Pero descubrí poco a poco la importancia del diálogo, del compartir la Palabra de Dios, de la mutua revelación para crecer en la FE. Pues la identidad misionera está ligada con la experiencia de la FE. En los contacto con la gente pobre, humilde y con una acogida receptiva de la Palabra de Dios. aprendí tanto a reciir como en dar. Ya era a la vez la evangelizada y la evangelizadora.

Si persevero hoy en la "misión ad gentes", es para seguir compartiendo mi fe no tanto con la palabra o el enunciado de los elementos doctrinales sino por el testimonio de una presencia humilde, atenta, que yo quisiera llena de ternura y solicitud. Ahora me veo más profeta que catequista.

Tengo que añadir que mi apostolado en un país pobre me ayuda sobremanera a vivir la radicalidad de la vida consagrada. Sí, los "pobres me evangelizan". Su sencillez, su acogida, el deseo de compartir lo que tienen, me invitan a contentarme con poco y a vivir más el carisma de mi Congregación.

Hago mías las palabras del Padre Simón Pedro Arnold, O.S.B., sacadas de su libro: La foi sauvage [la fe salvaje]: "No son los pobres los quienes me necesitan, soy yo quien los necesito."

Laurette (Loreta) Brière, R.S.R.



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